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"ARTE SOY ENTRE LAS ARTES. Y EN LOS MONTES, MONTE SOY"
JOSE MARTI.

jueves, 9 de julio de 2009

LA NOCHE (ARTÍCULO)


Por: Iliana Curra

Las sombras llegan como eclipses opacando de forma siniestra el rectangular espacio donde tienes que estar. No hay forma de cambiar las cosas. La oscuridad se apodera del ánimo, y aunque te esfuerces en recuperarlo, te das cuenta que estás como muriendo. Vegetando en la negrura de la noche que acaba de llegar para traer con ella la nostalgia propia de la soledad. Esta vez, la soledad es impuesta por rigores autoritarios y abusivos. Estás presa y casi nadie lo sabe. A excepción de aquellos que les concierne.

Y las sombras continúan ampliándose en ese lugar, que por más que lo vivas, es ajeno a ti, porque lo vives de manera forzada. Y no puedes entender por qué la arbitrariedad se hace ley en un sistema que no funciona. Ni por qué exigen el encierro injusto solo porque piensas diferente. Pero la mente nadie puede confinarla tras los gélidos barrotes de una celda de castigo.

¿Y por qué el castigo? ¿Por qué la indiferencia de todos, o de casi todos? Nadie puede entenderlo. Son ya muchos años. Casi cinco décadas de flagelo permanente y a muchos no les importa. Habrá que estudiar profundamente algún día por qué.

Las sombras se ensanchan en el comprimido espacio como si quisieran aprisionarte aún más. Hacen que el castigo sea superior. Son como cómplices de la opresión y, para quedar bien, establecen su justicia. Tan ilícita como la oficial. Y es esa oscuridad la que reposa entre las paredes húmedas y frías como dueña del sufrimiento y la angustia indisoluble que se niega a abandonarte. Como si supieran del aislamiento y quisieran quedarse dentro del lugar para acompañarte en el recogimiento de tus ideas.

Y pasan los minutos como horas, y las horas como días, largos y tediosos. Como si les pesara andar y jamás quisieran llegar a su destino. Y la penumbra se instaura como si tuviera todo el derecho del mundo. Se hace dueña de la celda donde pernoctas ineludiblemente. Se aferra en el tiempo para pretender teñir de negro el área pequeña y sucia que tienes para vivir…o sobrevivir.

Solo te resta esperar. Y, en esa espera nocturna, cohabitas con ratas, insectos, y la desconfianza de lo que vendrá mañana. Rehúsas pensamientos negativos que solo lograrían atemorizarte y los sustituyes por los que, sabes, harán renacer tu confianza en el futuro. Y alzas vuelo entre las rejas oscurecidas que la noche oculta en su tenebrosidad indestructible. Vuelas alto. Tan alto como te lo permiten las alas de tu pensamiento.

Y ya eres libre. Y esa libertad nadie puede arrebatártela. Está dentro de ti. Corre por tus venas y sustenta tu mente. Oxigena tu cerebro y te das cuenta de que ya no mueres, que no vegetas en la inmensidad de una noche que pudiera ser monstruosa si no fueras libre.

Y la noche continúa lenta, cual si quisiera permanecer por siempre para sentir los estragos de la desolación. Pero ella también tiene alas, y entre la penumbra de sus oscuras sombras busca la luz. Esa misma luz que llega con un amanecer lleno expectativas. Se va. Finaliza su turno llevándose con ella el temor que inevitablemente se siente cuando ocupa su tiempo y espacio en un lugar llamado celda.

La noche, quieta y lúgubre, no dice adiós. Está segura que mañana regresará para continuar amilanando a quienes no pueden volar para ser libres internamente. Pero conoce, está convencida, que quienes están encerrados injustamente por sus ideas, no le temen. Ellos se elevan más allá del miedo y de la propia muerte. Y la noche lo sabe.