ESTE ES UN BLOG INFORMAL PARA DECIR LO QUE SIENTO Y LO QUE QUIERO. SI NO TE GUSTA, BUSCA OTRO,

"ARTE SOY ENTRE LAS ARTES. Y EN LOS MONTES, MONTE SOY"
JOSE MARTI.

jueves, 21 de mayo de 2009

LA CELDA

Por: Iliana Curra

La celda está ahí, siempre húmeda. Puede llover, haber frío o intenso calor, pero siempre está húmeda. Me imagino que quienes la diseñan la conciben para que siempre esté así. No permiten que sea diferente. La tortura tiene que ser perfecta para un ser que la padece. De lo contrario, no sería un suplicio, y para eso la crean.

Pero la celda sigue siempre ahí, inconmovible y solitaria. Con su espacio reducido donde apenas puedes dar cortos pasos. Donde voltearte sin rozar sus paredes es casi un milagro. Con una cama hecha de cemento pulido. Nadie puede imaginarse cuán frío es este material, aunque haya extremo calor. En ella te acuestas, pero no descansas. Tus huesos no se llevan con la dureza del cemento. Si es invierno, el frío te obliga a ovillarte para paliarlo y los dolores en las articulaciones no se hacen esperar. Entonces, te sientas, encoges las piernas y te recuestas a la pared de fondo. La humedad te hace sentir mucho más frío del que ya sientes. Es un frío cortante, que penetra en los tuétanos. Lo sientes por fuera, pero también por dentro. En el alma.

Así pudieras estar minutos, horas. Solamente cambias de posición para evitar más dolores del que ya sientes. Miras al techo y lo ves angosto y con gotas de humedad imitando las estalactitas de una cueva. Porque una celda es precisamente algo así, como una cueva. Algunas laboriosas arañas caminan por su tela que confeccionan a diario. Tu diferencia con ellas es que son libres. Pueden salir cuando quieran, pero deciden acompañarte en una soledad que no tiene paralelos. Es invierno y las paredes están extraordinariamente frías. Infinidad de rótulos por doquier. Nombres, frases, algún que otro mensaje que nunca llegó a su destino. Lamentos escritos que quedaron impregnados para siempre como tatuajes rústicos en una pared mal pintada con cal.

Cuando llega la noche, la celda es absolutamente oscura. Te traen una bandeja de aluminio grasienta con algo que llaman comida. Apenas divisas qué es. No huele bien. El olfato podría ayudarte a tener una idea de lo que vas a comer –o mal comer- que es como debiera decir. Tampoco funciona. Tocas con la yema de los dedos el producto servido y terminas pensando que es preferible botarlo. No vale la pena. Pones la bandeja en el suelo y con el pie la sacas por debajo de la reja. Es una acción que haces de forma automática casi todos los días. La celda sigue inmutable, silenciosa, ahora sumida en una oscuridad donde no te ves ni las manos. Es una sensación de soledad infinita. No te mueves, la quietud es parte del diario vivir en la celda. Es lo único que puedes hacer, además de pensar.

La oscuridad continúa. La noche avanza y pueden ser las diez de la noche. Lo imaginas porque la guardia de turno te trae algo que llaman una colchoneta. Apenas tiene relleno –y los que tiene- se acoplaron en forma de pelotas duras que parecen piedras. La acomodas en el cemento y, al acostarte, notas que no hay mucha diferencia. Con el cuerpo tratas de acomodar los pedazos de rellenos duros y sientes algún alivio. El frío es menos. La soledad continúa, aunque ciertamente no estás sola. Alguna rata anda dando vueltas por la celda. Pudo haber salido del hueco que llaman “polaco” y es donde debes hacer tus necesidades fisiológicas. A continuación de la “cama” hay una pequeña división y del otro lado está el “baño”, compuesto por ese hueco y dos pedazos de ladrillos para poner los pies y no embarrarte. Nada más. No hay agua. Ni siquiera alguna tubería que pudiera tenerla en algún momento. Pero no. Sencillamente, no hay agua.

También hay algunas cucarachas dando vueltas en la oscuridad de la celda. Grillos, chicharras y cuanto insecto haya, aprovechan la penumbra para salir de sus escondites. Es una invasión no deseada, pero inevitable. Es parte de la vida nocturna, donde tienes que decidir si los espantas o si tratas de dormir, aprovechando que tienes menos frío y que el día entero ha sido bien difícil. Evitas recordar que hace muy poco una joven reclusa se suicidó por ahorcamiento una noche lúgubre en esa misma celda, que sus pies quedaron suspendidos en el aire como péndulos fríos, y sus ojos, abiertos y desorbitados, nunca más vieron la luz. Piensas, piensas mucho. Sueñas que algún día saldrás de ese lugar. Y a pesar del encierro, a pesar del frío y los dolores, eres libre. Quizás más libre que todos los que vigilan la prisión.

Y la celda continúa allí, con sus paredes llenas de escritos desesperados y su humedad que nunca termina. El techo sigue goteando. Quizás llore por los suicidios y los padecimientos diarios de quienes han ocupado ese lugar de castigo. Por los lamentos y llantos de quienes no pudieron soportar. Por las que jamás volvieron a sus hogares, pero aliviaron sus sufrimientos con el descanso eterno de la muerte, donde encontraron la libertad que nunca conocieron en un sistema fatal.

La celda está en la prisión de Manto Negro, pero también en Kilo 5, en Kilo 8, en el Combinado del Este, en Boniato, Ariza, en el Provincial de Holguín o en cualquier prisión de Cuba. Lo peor de todo es que continúan los encierros injustos en esas mismas condiciones infrahumanas de siempre. Nunca han cesado de castigar impunemente, de ultrajar a seres humanos indefensos. Siempre un ensañamiento, una vida apagada más allá de las torturas o una vida marcada para siempre por el recuerdo del terror vivido.

Podrán descansar en paz los que no soportaron. Los que hemos quedado vivos, viviremos para denunciarlo.